Hace tiempo que nos venían recomendado Momotaro Foods (desde la pandemia de hecho), así que al iniciar este proyecto no hay otro lugar por el cual quisiéramos empezar.

La historia comienza con Ryoma, un japonés que desde muy pequeño se vió sumergido en el mundo de la restauración. Su familia tenía un restaurante en el cual participaba de forma activa y ya de adulto, fue él, quien por cuatro años logró contar con su propio restobar, pero su obstinación y espontaneidad decidieron que era momento de viajar a un lugar totalmente nuevo y desconocido. Latinoamérica e Israel fueron las opciones, pero por un tema de cultura alimentaria, la segunda quedó totalmente descartada.
Hace ya casi nueve años que junto a un amigo tomaron un vuelo one way de Japón a Los Ángeles (Estados Unidos), sin mucho efectivo y ninguna tarjeta de crédito. Empezaron a vender takoyaki (bolitas de pulpo fritas) con la idea inicial de llegar a algún punto en el que ahorrasen lo suficiente para retornar a tierra nipona. Haciendo dedo y caminando arribaron a México, y después de seis meses con la misma metodología de movilización y aún tres países sin recorrer, se ven con un pequeño éxito en Ecuador, sin embargo el cambio de divisa no los favorecía tanto y viajan a Chile. Preguntando supieron que en el país se consumen bastantes mariscos y que los precios son más elevados que en las naciones vecinas, lo que les permitía juntar la suma necesaria de forma mucho más rápida.
Sin conocer suelo chileno y con solo treinta “lucas”, llegan a un hostal en Barrio República, en el cual un estadounidense medio loco, pero cariñoso, les permite quedarse sin pagar por adelantado hasta que reunieran la plata suficiente para saldar el alojamiento y comprar los pasajes de vuelta a Japón.
En poco tiempo se hicieron conocidos en la capital por sus “bolitas de pulpo”. Aparecieron en un programa del canal Etc…TV, fueron a diversos eventos y vendieron sin parar, hasta que alcanzaron a la meta, pagaron lo adeudado al “gringo” y retornaron a su país. En el cual no estuvieron mucho tiempo, ya que deciden regresar a Chile.
Las cajas bentō fueron el siguiente paso, las cuales llegaron incluso a la Embajada de Japón. El comercio que dirigían era principalmente de supervivencia, pero les fue tan bien que acordaron establecerse con un local propio y, para su ya conocida suerte, aparece el dueño de Ramen Kintaro, quien precisamente quería retirarse. Entre negociaciones llega otro japonés que ya tenía ahorrado el dinero para comprar y la urgencia de jubilación es mayor, por lo que el propietario prefiere vender que arrendar.
El contacto ya estaba hecho y la fama de buenos cocineros les precedía, por lo que ambos empezaron a trabajar preparando ramen en el mismo restaurante. En un principio acordaron estar seis meses entrenando al nuevo personal, tanto en cocina como en servicio, ya que el actual dueño, quería que todo fuera lo más auténtico posible.
En ese tiempo Ryoma conoce a Estefanía “Conejito”, una chilena que recién llegada de un intercambio en el país del sol naciente, quería seguir practicando el idioma. Por medio de HelloTalk (app de intercambio de lenguas) realizan el primer contacto, pero al ser tan restrictivas las interacciones que podían tener por medio de la aplicación, intercambiaron números y comenzaron a hablar por WhatsApp. Conejito había tenido pésima suerte con un compatriota de él anteriormente, por lo que cuando Ryoma propuso que se juntaran en persona no estaba tan decidida a hacerlo. Lo rechazó varias veces hasta que a él se le ocurrió que fuera a comer ramen a su lugar de trabajo.
La química fue inmediata y Conejito va varias veces más por ramen, hasta que accede a salir con él en una cita, la que no se logró concretar porque de camino a la misma le roban el celular a Estefanía. Después varios intentos en los que sí logran juntarse pero en los que siempre salía algo mal, Ryoma con algunos días libres pendientes, decide invitarla fuera de Santiago. Para tener un poco más de seguridad sobre la situación debido a la poca cantidad de veces que se habían visto, Estefanía propone ir a la casa de su familia en Las Cruces, ya que así tendría a quién pedir ayuda si le ocurría algo malo. Afortunadamente todo salió bien y luego de dos días en la playa, Ryoma se declara y pide pololeo a Conejito.

En 2019 (con hartos años de relación) viajan a Japón, por seis meses, y al retornar a Chile se ven sumergidos en el estallido social y la pandemia, esta última beneficiándoles. Surge la idea de un delivery de ramen basado en los packs que venden en los supermercados nipones, para armar la preparación en casa, y nace Momotaro Foods, proyecto que desde un inicio fue un hit.
Con la cuarentena levantada, la visa vencida y los datos de extranjería borrados del sistema a causa de un error interno, Ryoma y Estefanía deciden dar el sí ante la ley y habiendo ahorrado una cifra bastante alta durante los últimos años consiguen arrendar un local en Recoleta. Proceso un tanto traumático, ya que las condiciones del lugar no eran las mejores y los estafaron mientras las reparaciones se llevaban a cabo. Meses de sudor y esfuerzo rinden frutos y ya con los permisos en mano comienzan a atender.

Desde el día cero fue un triunfo. Los antiguos clientes del delivery se enteraron de la noticia y el “boca a boca” corrió, lo que hizo que el restaurante lograra su propia fama, la que llevó a que el año pasado los contactaran de Patio Bellavista y les ofrecieran ser parte de Sabores del Patio, la nueva propuesta gastronómica del complejo. La oferta fue aceptada y nuevamente Momotaro se posicionó en lo alto de la gastronomía en Chile.

Con dos sucursales, una en Recoleta y la otra en Providencia, la expansión pretende no parar y en un futuro más cercano que distante, cuentan que esperan sorprender con una nueva experiencia culinaria, totalmente nueva y única, para el paladar chileno.
Momotaro – Recoleta
Nuestra primera parada es en Recoleta, y si bien la inexistencia de un cartel con el nombre nos hace difícil encontrar el restaurante (Loreto 158), la larga fila que se hace en las afueras del local guían de forma perfecta a la entrada. Al ingresar se siente la vibra de los típicos negocios de street food que se muestran por la “tele”. Música japonesa de fondo y un comedor pequeño pero ingenioso, armado con sillas, pisos y mesas hechas de cajas de cerveza y bebidas apiladas con una superficie de melamina. La verdad no necesitan mucho más para destacar.

El servicio nos sorprende con su rapidez a pesar del gran flujo de clientela que existe. Entre los bebestibles encontramos bebidas de fantasía, tés (tanto calientes como fríos) y limonada con miel ($2.800). Tanto el Oolongcha Frío ($1.500) como la Limonada con Miel acompañan bastante bien el resto del menú, a pesar de no tener patente de alcoholes.


Ni diez minutos pasan para que la comida llegue a la mesa, porciones generosas y que a simple vista indican que cada componente es hecho desde cero en la cocina. El Shoyu Ramen ($7.800) o ramen más tradicional, como ellos mismos le llaman destaca por su ligero de su caldo de pollo y los clásicos ingredientes: huevo ajitama, nori, naruto, una exquisita lámina de cerdo y noodles de trigo. El Tonkotsu Shoyu (ramen de chancho), es un nuevo y complejo mundo de sabores, umami a primer sorbo, con una pasta miso indiscutiblemente sabrosa.

También tiene una opción vegana, platos pequeños para probar algo más que ramen y una variada oferta de currys.



Lo malo es que no toman reservas, pero si se llega temprano (atienden de 12:30 a 17:00 hrs. de martes a domingo) no se espera. La fila que se forma afuera después de las 13:15 hrs. es bastante larga por lo que hay que armarse de paciencia si se quiere probar uno de, a nuestro juicio, los mejores restaurantes japoneses de Chile.

Momotaro – Providencia
Dentro del Patio Bellavista, cercano a la entrada de Av. Bellavista se encuentra Sabores del Patio, una propuesta gastronómica que cuenta con tres cocinas abiertas y una barra en común. Con terraza, dos pisos y pet friendly, este local es bastante distinto al anterior.

La ya clásica carta QR nos redirige a los cuatro menús distintos del lugar. Importante mencionar que en La Barra encuentran Seijaku ($7.000), el único cocktail que se ofrece para maridar los platos de Momotaro, el cual sentimos un poco invasivo para la complejidad de sabores de la cocina japonesa, es como un té de hierbas con alcohol y a pesar de que limpia bastante el paladar, funciona mejor como bajativo que aperitivo.

Música de fondo anglo, valores más elevados y variedad de picoteos para compartir. Una atmósfera más turística y más atractiva, para quienes acostumbran a realizar reservas y asegurar su comida sin tener que hacer fila en la calle (abren hasta las 23:00 hrs. todos los días de la semana).
Probamos las Gyozas Veganas ($6.800), y siendo bien sinceras las encontramos demasiado pequeñas y con poco relleno para el precio. Las Kushikatsu Tonkatsu (brochetas de cerdo apanado en panko) son un tanto grandes para ser brochetas, nos costó bastante manipularlas con la mano y estaban un poco secas e insípidas. El resto de las brochetas (desde los $3.500,) la verdad no podrían superar su calidad, dentro de las variedades se destacan Okura (ocra apanada en panko, las cuales nunca habíamos visto en otra carta) y las de camarones ecuatorianos, todas acompañadas con salsas que nuevamente ponen en lo más alto a la cocina japonesa.





El Mini Curry ($3.500) acompañado de arroz muestra la complejidad de la gastronomía nipona, con su dulzor dado por los duraznos que lo componen y las diferentes especias que hacen que un plato “pesado” se sienta más “ligero”. El Inari Sushi ($3.500) es “la guinda de la torta”, con un poco de wasabi y la salsa que acompaña, se vuelve a lo básico del sushi, un arte simple pero delicado como una sakura.


Por supuesto que en la variedad de platos están los ya conocidos ramen, mismas recetas que en la “casa matriz”.
Momotaro, Sabores del Patio, es más bien un lugar para probar cosas nuevas, un buen inicio si recién se está entrando a experimentar en los sabores del Japón, considerando que hay otros dos restaurantes donde se puede pedir si no es lo que se busca.
Falta pulir un poco mejor la carta, la nada misma, y por el cocktail no tenemos reparos, ya que es La Barra la encargada de este último y no nuestros cocineros nipones.

